Por Ricardo Burgos Orozco

Era por la mañana antes de las nueve. Caminé hacia la entrada de la estación Mixcoac del Metro entre el bullicio de mucha gente que iba y venía sobre las avenidas Revolución y Extremadura. En los últimos días, sobre todo después de vacaciones de Semana Santa, ha aumentado el movimiento vehicular y de personas en la Ciudad de México porque ya se relajaron las medidas contra el Covid.

Mientras me dirigía hacia las escaleras de la terminal recordé que las autoridades sanitarias eliminaron la recomendación de usar cubrebocas en espacios abiertos después de dos años de restricciones. Sin embargo, hay que seguir usándolo en lugares cerrados y de poca ventilación como el Metro. También desde el lunes 25 de abril se eliminaron en establecimientos comerciales y oficinas públicas y privadas los filtros sanitarios como termómetros y el tapete sanitizante.

De pronto noté que la entrada estaba a oscuras, pero no había ningún impedimento para ingresar como suele pasar cuando se suspende el servicio; normalmente hay empleados que te bloquean en acceso o de plano cierran las puertas. En ese momento no sabía si servían las escaleras eléctricas.

La línea 7 es muy profunda y hay que bajar varias escaleras. Cuando no funcionan las escaleras eléctricas, los usuarios tenemos que bajar y subir por las fijas que es muy buen ejercicio, aunque las personas con alguna discapacidad o mayores sufren con los recorridos. Todos terminamos sudados y jadeantes.

Resultó que las escaleras eléctricas de la entrada no funcionaban; –bueno, en realidad hace varias semanas que están en mantenimiento — y había que caminar por las fijas. Apenas veía a la gente que iba delante de mí; algunas personas se tomaban del pasamanos para evitar un resbalón en la oscuridad, otras, se aventuraban a acelerar el paso bajo su riesgo por las prisas de llegar a tiempo a su destino.

En el siguiente nivel sí funcionaban las escaleras eléctricas. Ya abajo también pasillos y corredores estaban a media luz, pero por fortuna no había retrasos en la llegada de trenes; abordé de inmediato el siguiente y me bajé en Barranca del Muerto. La situación estaba igual, a media luz y nuevamente tuve que subir hacia la calle agarrado del pasamanos para evitar una caída.

En los torniquetes le pregunté a uno de los vigilantes por la falta de luz en las estaciones de la Línea 7 – cuando menos en Mixcoac y Barranca del Muerto. Sin dejar de escuchar y estar pendiente de su radio, me comentó muy secamente que la noche anterior hubo un apagón, por eso apenas se estaba restableciendo la energía eléctrica a esas horas en toda la ruta.

Subí por las escaleras fijas para salir a la calle. Igualmente iban decenas de usuarios algunos nuevamente ayudándose con la barandilla y entre sombras. Vi a una señora que caminaba pesadamente apoyada con un bastón; se detenía en algunos peldaños para descansar; la ayudé a llegar a la salida apoyada en mi brazo.

Busqué en internet alguna información con respecto a la falla, pero nunca encontré nada. En el portal del Sistema de Transporte Colectivo no hay algo con respecto a una falla eléctrica en algunas de las líneas o las estaciones el jueves 28 de abril. Entiendo que el apagón fue consecuencia de la intensa lluvia de la noche anterior, pero lo curioso es que sólo afectó la energía en pasillos, corredores y andenes y no el avance de los trenes. A lo mejor las autoridades del Metro ni se enteraron.