Por Ricardo Burgos Orozco

Llegamos a trabajar el mismo día a la Compañía Nacional de Subsistencias Populares, lo que alguna ocasión fue Conasupo; era un 1 de febrero de 1984. Desde el primer momento hicimos buena química; era muy inteligente, simpática, con chispa, inocente, pero directa y muy sincera. Hicimos un buen equipo de trabajo de prensa con Fernando Aguilar Echávarri, Vicky Bello, Germán Guzmán, Laura Pérez, Marisela Torres, Raúl Ávila y, por supuesto, Abigail Araceli Cervantes Cantero. Meses después se incorporaron Ignacio Ramos y Norberto Gasque.

La Abigochita, como la empezamos a llamar de cariño, era un estuche de monerías porque sabía de todos los aspectos de la comunicación y de muchos otros temas que sus amigos fuimos descubriendo con el paso del tiempo. Le gustaba la astronomía y platicaba de ella con mucha pasión, buena fotógrafa, era tenaz correctora de estilo, estricta con la ortografía, no dejaba pasar ni una coma mal puesta. Cuando estuvo años después en el Fondo de Cultura Económica se encargaba de revisar textos de las obras en proyecto; alguna vez – me contó — observó una operación matemática mal elaborada en un libro en preparación, la modificó. El autor se molestó, pero ella le demostró el error y lo aceptó.

Un día nos invitó a su casa a comer. Vivía con sus papás en un departamento rentado cerca de la estación Villa de Cortés de la Línea 2 del Metro. En aquel tiempo mi casa estaba en la colonia Portales, así que caminé unas calles hacia la estación Ermita y de ahí con nuestra anfitriona. Tuve el gusto de conocer a doña Rosita y a don Víctor, dos personas muy sencillas, humildes, que adoraban y estaban orgullosos de su hija.

Abigail y yo éramos de transporte público; nos tocó ir a varios eventos juntos; la jefa Vicky nos decía: váyanse en taxi para que lleguen más rápido y nosotros tomábamos el Metro, pesera o camión para ahorrar. Abi se sabía todas las rutas de transporte público del entonces Distrito Federal.

Mi amiga era chaparrita, un poco gordita y morena. Me acuerdo que alguna ocasión fuimos a un evento a Tijuana, Baja California; aunque venía en el grupo de prensa, la gente de migración la detuvo en el aeropuerto porque pensaron que era centroamericana. Dijo que la encerraron en un cuarto y la hicieron cantar el himno nacional y le preguntaron la ubicación del Estadio Azteca hasta que se convencieron que era mexicana.

En los ochenta, Raúl Ávila le sugirió a la Abigochita que comprara a crédito una pequeña casa en la “hermosa provincia de Iztapalapa”, como él le llama a su delegación. Ella le hizo caso y ahí se fue a vivir junto con sus papás. Le costaba más trabajo irse a Conasupo, pero la familia estaba muy contenta porque ya no tenía que pagar renta. Tiempo después compró su primer coche estandard, aún sin saber manejar, lo tuvo parado como tres meses – sus amigos nos reíamos de eso –, hasta que aprendió y nos calló la boca.

La invité en 2013 a trabajar en la Administración Federal de Servicios Educativos en el Distrito Federal. A ella no tenías que ordenarle, se adelantaba con sus iniciativas y propuestas para mejorar y enriquecer el trabajo, redactaba de maravilla, casi no tenía que corregirle nada. Una ocasión cierto director general se puso necio porque quería que un documento llevara su cargo con mayúscula y ella le dijo: lo siento, pero la regla es que debe ir con minúsculas.

Un día me confesó que le habían ofrecido trabajo en el Centro Nacional de Prevención de Desastres ganando lo doble, le comenté que no lo pensara y se fuera; la dejé ir con mucha tristeza. Me enteré que ahí nunca la trataron bien; tuvo que aguantar muchos desprecios y “grillas” porque ella se dedicaba solamente a trabajar. No sabía otra cosa. Era una de esas raras especies que nunca le hizo mal a nadie.

Cuando me reveló que tenía cáncer de Colon sospeché que no le quedaba mucho tiempo de vida, pero ella siempre estuvo animada de recuperarse. En mi última llamada me comentó que el doctor le aseguró que si se cuidaba, en un año podría estar bien, pero mi amigo Gerardo Tena, que la apoyó siempre junto con su pareja Marisela Torres y otros buenos amigos, me platicó que ya no podía moverse y las quimios habían hecho efecto en su cuerpo de por sí maltrecho.

Trascendió el domingo 13 de noviembre. Se quedan conmigo muchas anécdotas con ella como cuando le pedí que me acompañara al cine a ver una película de ciencia ficción porque no quería ir sólo – no recuerdo su nombre, pero nos divertimos mucho entre montones de niños y comiendo palomitas –; nunca le permití llevar a mi casa por latosos a Obsi y Shagui, sus perritos adoptados muertos hace años; cuando practicaba la medicina alternativa, un día me empezó a diagnosticar con una especie de imán: Muy seria me preguntó ¿Sientes alivio? ¡Para nada! Le contesté con sinceridad y nos reímos abiertamente.

Hasta hace poco encontró el amor con Jorge, un buen hombre. Se casaron apenas el 9 de noviembre, ya cuando la Abigocha no podía hablar ni moverse. Estoy seguro se fue feliz, pero se queda para siempre en el corazón de todos sus amigos.