Por Daniel Lee

Reclutamiento sin derechos, acusan

La promulgación de la Ley de Autorización de Defensa Nacional para el año fiscal 2026 encendió ya alertas entre organizaciones civiles y defensores de derechos humanos en Estados Unidos. El motivo: el establecimiento del registro automático en el Servicio Selectivo, una medida que amplía el universo de jóvenes obligados a integrarse a una posible base de reclutamiento militar, incluyendo a migrantes sin estatus legal.

De acuerdo con la normativa vigente, “casi todos” los hombres residentes en el país entre 18 y 25 años deben registrarse. La nueva disposición no solo mantiene este criterio, sino que lo refuerza mediante la automatización del proceso, prevista para operar plenamente en diciembre de 2026. En la práctica, esto implica que inmigrantes indocumentados, residentes permanentes, refugiados, asilados y personas bajo esquemas de libertad condicional quedarán incorporados sin excepción.

La medida no ha pasado desapercibida, ha generado un fuerte rechazo en comunidades migrantes, donde se percibe como una política profundamente contradictoria: el Estado exige disposición para servir —incluso en escenarios de guerra— a jóvenes que, al mismo tiempo, permanecen excluidos de derechos fundamentales como la residencia legal o la ciudadanía.

Desde Chicago, uno de los principales núcleos de población migrante, el activista Baltazar Enríquez ha sido contundente al calificar la medida como un acto de incongruencia. Para líderes comunitarios, la política no solo es injusta, sino que evidencia una lógica utilitaria en la que los migrantes son considerados necesarios en momentos de crisis, pero prescindibles en términos de derechos.

El registro en el Servicio Selectivo no implica un reclutamiento inmediato, pero sí establece una obligación legal cuyo incumplimiento puede acarrear sanciones. Para los migrantes, esto se traduce en una doble carga: cumplir con deberes cívicos sin formar plenamente parte del sistema que los impone. Es, en esencia, una relación desigual donde el Estado exige lealtad sin ofrecer reciprocidad.

Más allá del impacto migratorio, la medida también abre cuestionamientos sobre el rumbo de la política de defensa estadounidense. Diversas voces advierten que la ampliación del padrón de registro responde a una necesidad estratégica de garantizar disponibilidad de fuerza humana ante escenarios geopolíticos cada vez más complejos. En ese contexto, la inclusión de población migrante podría interpretarse como una forma de instrumentalización demográfica, donde sectores vulnerables son integrados no como ciudadanos, sino como recursos.

El trasfondo político tampoco es menor. Críticos de la administración federal señalan que el uso del aparato militar en conflictos sin consenso amplio del Congreso refuerza la preocupación sobre el destino de quienes eventualmente serían llamados a filas. Así, la discusión deja de ser únicamente legal para convertirse en un debate ético: ¿puede un país exigir el máximo sacrificio a quienes no reconoce plenamente como parte de su comunidad política?

Para las #organizacionesMigrantesMexicanas, la respuesta es clara. Mientras no exista una vía real hacia la regularización o la ciudadanía, el registro automático será percibido como una forma de explotación más que como un deber cívico. La inconformidad no radica solo en la obligación, sino en la ausencia total de garantías.

La implementación de esta política marca un punto de inflexión. En lugar de cerrar brechas, profundiza la desigualdad estructural al imponer obligaciones máximas sin derechos equivalentes. En un país construido sobre la migración, la decisión de integrar a jóvenes sin estatus legal a un esquema de posible reclutamiento militar sin reconocerles plenamente resulta no solo contradictoria, sino reveladora.

El mensaje es contundente: en tiempos de necesidad, todos cuentan; en tiempos de derechos, no todos importan.
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