FRANCISCO RODRÍGUEZ

Prácticamente no hay mañana en la cual la banda presidencial que con orgullo y gallardía Andrés Manuel López Obrador debería portar sobre el pecho, no quede sucia, manchada, maltratada.

Con sus cada vez más frecuentes actitudes de buscapleitos, con sus insultos que también son cada vez más rudos, más hirientes, más groseros, el tabasqueño demerita el cargo que 30 millones de pendejos –me incluyo– le otorgamos en el 2018.

Pisa y enloda la banda presidencial y la ha convertido en un sucio trapo que ya nada representa.

Ni para trapear los pisos sirve ahora.

López Obrador está cada vez más lejos de la imagen del look presidential que en otras latitudes con democracias avanzadas –aquellas que están alejadas de las oligarquías como la morenista que hoy nos tiene atrapados– buscan y exigen a sus gobernantes.

Y no. No es cuestión de atuendos. Ni de maquillaje para no dar el “charolazo” ante las cámaras por los potentes reflectores del escenario donde estelariza sus matinés político-etílico-literario-musicales…

… porque usa trajes, camisas, corbatas y calzado procedente de las más connotadas sastrerías de la londinense Saville Row…

… porque antes de salir “a cuadro” hay quienes le aplican polvos sobre el rostro.

Que los trajes no le queden o, peor todavía, ¡que él no les quede a los trajes! ya es otro cantar.

El look presidential tiene que ver más con la sobriedad, la mesura y la sensatez con las cuales debe conducirse un Jefe de Estado que, como él mismo, también es Jefe de Gobierno y, por si fuera poco, Supremo Comandante de las Fuerzas Armadas.

El máximo honor al que puede aspirar un mexicano.

Pero no es así, por desgracia.

AMLO se comporta como un barbaján.

Un palurdo a quien también le quedó grande, enorme, el cargo que en mala hora ostenta.

Su vocabulario muy limitado –todo por no estudiar– contrasta enormidades con el muy amplio léxico barriobajero que una mañana sí y otra también emplea para fustigar a todo aquel a quien él ubica dentro de su vasto catálogo de rencores acumulados durante décadas de frustración, de envidias mal disimuladas, de resentimientos que no ha podido ni ha sabido canalizar.

Su catarsis es el insulto soez.

Y lo peor es que ya no tiene cura porque no hay remedio para tantos años de intentos malogrados por hacerse de poder, por intentar pasar a la Historia como lo que no es… ni será.

¿No cree usted?

Los marchantes del domingo

Y es que la ira del ocupante –con todo y tropas– de Palacio Nacional se potencializó ante la convocatoria de diferentes actores y organismos de la llamada sociedad civil para marchar este domingo 13 de noviembre en defensa de la democracia y en contra de una nueva reforma política cuyo objetivo principal es transformar al INE en un órgano paragubernamental en donde sólo truenen los chicharrones de AMLO.

“¡Hipócritas!”, exclamó y reclamó a los convocantes.

Y aunque no es la primera ocasión que emplea ese insulto, pues ya llamó así a los sacerdotes que con justeza reclamaron el asesinato de los jesuitas en la Sierra Tarahumara, lo mismo que a los eurodiputados que desde su sede en Bruselas, Bélgica, exigieron respeto a las vidas de periodistas y defensores de derechos humanos, esta ocasión la injuria fue pronunciada con un odio cuyas razones los psiquiatras ya se han tardado en diagnosticar como sumamente enfermizo.

López Obrador está fuera de sí.

Nada de lo que él se propone le resulta.

Y en los próximos meses se pondrá todavía peor de lo que ya está.

Se lo aseguro.

Indicios 

No le auguro larga vida al Movimiento de Andrés Manuel López Obrador. Sin consolidarse aún como un partido político, el órgano electorero de la llamada Cuarta Transformación se desbarata en pleitos internos en los que proliferan los insultos, las descalificaciones y, en consecuencia, hasta las denuncias penales por espionaje, intervención de comunicaciones privadas y difusión de las mismas, entre otras linduras que prácticamente ya son características de la tribu que apoya a Claudia Sheinbaum como precandidata presidencial. El caso de la señora Layda Sansores es cada vez más repugnante. Primero se lanzó en contra del dirigente nacional de PRI Alejandro Moreno atropellando buena parte del Código Penal Federal. Ahora, ¿por instrucciones de AMLO, acaso?, sus lances son enfrentamientos abiertos con Ricardo Monreal, quien ya acudió a la Fiscalía General de la República a presentar las querellas correspondientes. Pero le aseguro, estimado lector, que éstas no prosperarán porque el “fiscal carnal” del titular del Ejecutivo, Alejandro Gertz, tiene órdenes explícitas que él obedece perrunamente de no tocar a la campechana ni siquiera por las denuncias que en su contra también presentó la alcaldesa Lía Limón, su sucesora en Álvaro Obregón. Eso, empero, es lo que se observa en la superficie de Morena. En las capas inferiores las disputas son todavía peores, toda vez que el señor López Obrador ni siquiera sabe ocultar su repentina animadversión contra Monreal –lo que da cuerda a chairos y amlovers–, quien le ayudó a formar el dichoso Movimiento que, le reitero, ya está condenado al fracaso. * * * Por cierto que AMLO, el ya famoso “Rey del Cash”, tampoco oculta su ignorancia. Ha dicho apenas que por no tener recursos en cuanto se retire del cargo que en mala hora ocupa va a vivir de su pensión del Issste. Pues sólo que falsifique documentos y haga trampa, toda vez que la legislación de ese Instituto pensiona a quienes tengan reconocidos, como mínimo, 25 años de cotizaciones. Y él difícilmente llega a la quinta parte de los mismos, pues fue burócrata unos cuantos años en el desaparecido Instituto Nacional Indigenista y en la también ya inexistente Secretaría de Recursos Hidráulicos. ¿O quizá sea porque también fue “aviador” en las nóminas gubernamentales? * * * Por hoy es todo. Gracias por acompañarme en la lectura de este texto. Y como siempre, usted lo sabe, le deseo ¡buenas gracias y muchos, muchos días!

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